miércoles, 21 de agosto de 2013

Herejías por doquier


“Herejías por doquier”. El primer libro de una trilogía sobre herejías que se han infiltrado sutilmente dentro del cristianismo y que están haciendo mucho daño entre el pueblo de Dios. Y más entre aquellos que proclaman en alto "amén" sin haber escudriñado previamente con nobleza las Escrituras como los de Berea. Aquí muestro algunas de las preguntas que planteo y que respondo en su interior:

-Teología de la prosperidad: ¿Es cierto que Dios quiere que todos seamos prosperados materialmente, como muchos enseñan y predican hoy en día? ¿Es cierto que quien no alcanza esa prosperidad es a causa de su falta de fe o de andar en pecado?
-Confesión positiva: ¿Es cierto que si proclamamos con nuestras bocas que seremos sanados de toda enfermedad, que si declaramos que nuestros sueños y deseos serán cumplidos en cualquier área de nuestra vida, Dios lo hará realidad ya que Él dijo que todo lo que pidiésemos en su Nombre nos sería hecho?
-Demonios: ¿Es cierto que somos obligados por los demonios a pecar en contra de nuestra voluntad? ¿Es cierto que el cristiano “nacido de nuevo” puede albergar espíritus inmundos en su interior?
-Cartografía espiritual: ¿Es cierto que hay potestades que dominan las ciudades y que tenemos que identificarlas para reprenderlas y expulsarlas?
-Maldiciones generacionales: ¿Es cierto que nuestros antepasados nos transmiten espíritus de maldad que nos fuerzan a pecar? ¿Es cierto que sobre nosotros recaen maldiciones que debemos romper para que no haya desgracias en nuestra vida?

Aquí el índice:

INTRODUCCIÓN
LAS HEREJÍAS EN LA HISTORIA 
¿RIQUEZAS Y PROSPERIDAD?
CONFESIÓN POSITIVA 
El origen, sus ideales y la realidad bíblica
La confesión y la sanidad 
¿Son válidas todas las experiencias?
DEMONIOS Y MÁS DEMONIOS
¿Los espíritus demoníacos son los responsables de todas nuestras enfermedades?
¿Los espíritus demoníacos son los responsables de todos nuestros pecados?
¿Los espíritus demoníacos pueden ejercer control sobre los cristianos e incluso poseerlos? 
CARTOGRAFÍA ESPIRITUAL
MALDICIONES GENERACIONALES

INTRODUCCIÓN

Un triste denominador común entre determinadas iglesias evangélicas es la intolerancia doctrinal. Esta actitud provoca que los cristianos se vuelvan intransigentes con aquellos hermanos que difieren de sus posturas. Se convierten en críos en un jardín de infancia: todos peleando por el mismo juguete; en este caso, por llevar la razón. Así lo afirma José M. Martínez: “La historia de la teología abunda en ejemplos de posturas extremas [...] La defensa de tales extremos apenas da otros resultados que no sean la controversia acalorada y la confusión”[1].
Me atrevería a afirmar que, si la salvación dependiera de nuestra perfecta interpretación sobre las múltiples doctrinas que se encuentran en la Palabra de Dios y de que nuestra interpretación concordara hasta el más mínimo detalle con los pensamientos del Señor, nadie sería salvo. ¿Por qué tal aseveración? Porque ningún cristiano piensa exactamente igual que otro en todas y cada una de las cuestiones planteadas en las Escrituras. Diferimos en diversos asuntos como la escatología, la soteriología, la eclesiología o la carismatología. Unos creen que la salvación se puede perder, y otros que es imposible dejar de ser un hijo de Dios, puesto que hemos sido escogidos; unos consideran que la Gracia es resistible, y otros que no; unos piensan que los dones espirituales siguen vigentes, y otros que fueron exclusivos para la época apostólica; unos admiten que la mujer puede desempeñar labores de liderazgo, y otros lo niegan; unos creen en un Rapto de la Iglesia años antes de la Segunda Venida de Cristo, y otros señalan que ambos son el mismo acontecimiento; unos creen en el Milenio literal, y otros que es simbólico. Si a ello le añadimos otras cuestiones menores, la lista se hace interminable: el uso de instrumentos musicales en la congregación, la celebración de la Navidad, la asistencia a espectáculos deportivos, la posibilidad de escuchar o no música secular, etc. Así podríamos seguir discutiendo hasta el infinito.
Respeto profundamente a todos aquellos que defienden, con una base sólida y bíblica, las ideas que tienen respecto a las distintas posiciones sobre todos y cada uno de estos asuntos, incluso si no concuerdan con las mías. Pero no entiendo (y nunca entenderé) a los que piensan de manera opuesta a otros y los descalifican usando distintas expresiones que he podido oír y leer en más ocasiones de las que me hubiera gustado: “Lo que ellos creen es una doctrina del diablo”; “Tristemente muchos cristianos y teólogos no han entendido el verdadero significado de estas palabras”; “Son falsos maestros”; “Apóstatas”; “Herejes”; “Lobos con piel de cordero”; “No asistas a esa iglesia porque no creen en los dones espirituales”; “No te juntes con ese hermano que no tiene la misma doctrina que nosotros”; “Ellos creen en la predestinación. Donde entra esa doctrina la iglesia termina por hundirse”; “Las fuerzas de Satanás promueven la doctrina de la inseguridad. Algunos a veces pueden dudar de su salvación porque no conocen la Palabra de Dios o son confundidos por hombres o por demonios”[2].
Tengo curiosidad por saber qué se dirán unos a otros algunos pastores calvinistas y arminianos cuando se encuentren en el reino de Dios y recuerden que ambos prohibieron a los miembros de sus congregaciones asistir a la del otro hermano.
¿Cómo puede ser que verdaderos eruditos empleen los mismos textos bíblicos y lleguen a conclusiones radicalmente opuestas? Podemos verlo en un sencillo ejemplo, donde los autores prácticamente usan las mismas expresiones a pesar de que sus posturas son completamente opuestas:

-       “El enfoque que hemos seguido obedece a una interpretación ecuánime y seria de las Sagradas Escrituras. Hemos procurado destacar la armonía y unanimidad del divorcio y matrimonio nuevo. Todo cristiano puede estar seguro de que este criterio, conforme al testimonio de las Sagradas Escrituras, es razonable, justo y confiable”. Palabras escritas por Keith Bentson, autor de Hasta que la muerte nos separe. Bentson cree que el divorcio no se puede dar en ningún caso (excepto con la muerte del cónyuge) y, por lo tanto, tampoco nadie puede volver a casarse.

-       “Usted puede estar seguro que la información que recibirá es el resultado de una interpretación bíblica y detallada”. Palabras escritas por David Hormachea, autor de Una puerta llamada divorcio. Él considera posible el divorcio en ciertas condiciones (aparte de la muerte del cónyuge) y, por lo tanto, también la posibilidad de volverse a casar si se dan las circunstancias para el divorcio que él presenta.

Así que, teniendo todo esto en cuenta, o ellos se equivocan, o es Dios quien yerra. Apuesto mi vida a que no es un fallo del Soberano. Por eso tengo siempre presente las palabras de Santiago: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg. 3:1). Es cierto que el Señor levanta maestros (los cuales son necesarios), pero considero un grave peligro ir por la vida de “erudito” y mostrarse tan tajante con la ligereza que algunos lo hacen. El único infalible es el MAESTRO, en mayúsculas. De ahí que sí me gusten estas otras palabras dichas también por David Hormachea en el mismo manuscrito: “De ninguna manera pretendo que todos los que componemos la familia de Dios acepten mi punto de vista. Por lo tanto, no importa cuáles sean mis conclusiones, estoy seguro que habrá hombres de Dios competentes y sinceros que están en desacuerdo conmigo”. Tal idea habría que ampliarla a las cuestiones que hemos citado anteriormente. Como señala nuevamente José M. Martínez: “Siempre deberá mantenerse la humildad [...] y evitar el dogmatismo o, en palabras de Michael Wilcock, el uso exasperante de los adverbios claramente y obviamente en afirmaciones que para quienes otros puntos de vista no son ni claras ni obvias en absoluto”[3].
Deberíamos hacer nuestras la célebre frase que algunos atribuyen a Agustín de Hipona y otros al teólogo alemán del siglo XVII Ruperto Meldinius: “En los puntos esenciales, unidad; en los puntos no esenciales, libertad; y en todas las cosas, amor”.
Hay que reconocer que la problemática puede surgir en lo que concierne a qué temas son esenciales y cuáles no. Lo que para un creyente puede ser esencial puede no serlo para otro. Sería un tema de debate. Mi postura (que no tiene que ser compartida por todo el mundo) es que podríamos clasificar los asuntos esenciales en aquellos que  repercuten directamente en la salvación. Aquí incluiríamos cuestiones incuestionables dentro de la fe cristiana. A saber: el pecado original, la salvación por gracia, la Trinidad, la divinidad de Cristo, su encarnación, que fue concebido por el Espíritu Santo de María virgen, su muerte expiatoria en la cruz que canceló de una vez y para siempre nuestra deuda con el Padre, su resurrección corporal de entre los muertos y posterior ascenso a los cielos, y la segunda venida para establecer su Reino por la eternidad. Considero que quien niega alguna de estas creencias no es salvo. En las materias no esenciales incluiríamos aquellas que no repercuten en la salvación, como el amilenarismo, el premilenarismo y el postmilenarismo, las posturas calvinista o arminiana respecto a la soteriología, o las diversas teorías referentes a la actualidad de los dones extraordinarios del Espíritu Santo, entre otras. Es indudable que un creyente, en función de lo que crea en estas materias, variará determinadas pautas en su vida, la cual tendrá matices diferentes. Pero, en mi opinión, no ganará ni perderá la salvación, acierte o yerre en estas creencias, ni será menos hijo de Dios por esto.
La gravedad del problema no radica en defender el punto de vista personal en asuntos no esenciales (y es sano que cada iglesia local tenga definido su cuerpo de doctrinas), sino en tachar como “no-cristiano” o “hijo del diablo” a un hermano por esas mismas cuestiones no fundamentales: “Obsérvese que ninguno de los puntos más o menos oscuros de la revelación bíblica es fundamental. Y aunque el estudiante de la Biblia hará bien en esforzarse por tener la mayor luz posible sobre todos los textos difíciles, obrará mejor si a lo largo de su investigación y aun al final de ella mantiene una sana reserva en cuanto a sus conclusiones, una reserva emparejada con el respeto a las opiniones diferentes de otros cristianos igualmente amantes de la Palabra de Dios”[4].
Siempre señalo que no son los que están fuera los que dividen a la iglesia, sino los que componen el cuerpo de Cristo cuando tratan de imponer sus creencias en asuntos que no son básicos para la salvación. Sé de hermanos que les han dicho a otros: “¿Pero vosotros leéis la Biblia?”. ¿La razón de tal acusación?: Ellos defendían la imposibilidad de perder la salvación ante los que no compartían la misma opinión. Esta intolerancia ha sido transmitida y tristemente expandida entre parte del pueblo de Dios. ¡Qué imagen tan triste damos en algunas ocasiones! Al contemplar estas actitudes en el panorama general del cristianismo, puedo entender la oración de Jesús rogando al Padre por nuestra unidad: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros” (Jn. 17:11).
Esto no significa ni mucho menos que debamos aceptar todo tipo de doctrinas que tengan apariencia de no ser esenciales cuando realmente son herejías, aun cuando aquellos que las exponen crean en las doctrinas sí esenciales, como veremos a continuación. Somos avisados que incluso los escogidos están en peligro de ser engañados (Mt. 24:24). Ser bíblicamente quisquilloso no debe ser considerado como algo negativo, como indicó J.C. Ryle (1816-1900): “Hemos caído en tiempos en que recelar en cuanto a la sana doctrina no solo es un deber sino una virtud [...] El que quiera estar a salvo debe cultivar el espíritu de un centinela en un puesto crítico. No debe importarle que se burlen de él por considerarle alguien que ´ve herejías por todas partes`. En tiempos como estos, no debe avergonzarse de sospechar el peligro. Y si hay alguien que se burle de él por ello, bien puede darse por satisfecho respondiendo que la serpiente con su astucia engañó a Eva”[5].
Tenemos que hilar muy fino y buscar la paz, pero no hablar de ella cuando no la hay realmente. ¿Por qué digo que tenemos que medir con suma cautela? Porque no todos aquellos que están enseñando determinadas herejías lo hacen a propósito. Están aquellos plenamente conscientes de sus errores y que, aun así, continúan con esas falsas enseñanzas. Estos son los que tuercen y tergiversan las Escrituras para su propia perdición (cf. 2 P. 3:16). Pero, al mismo tiempo, también hay hermanos inconscientes de sus propios fallos. De ahí que llamar falso maestro, falso profeta, falso Cristo o hereje con un exceso de premura a todo aquel que yerra pueda ser una insensatez. En lugar de orar para que el Señor los condene o los expulse de su Iglesia, deberíamos corregirlos en todo aquello que esté en nuestras manos. Hay muchos hermanos que han podido rectificar porque otros han tenido la paciencia de enseñarles. Sin embargo, hay creyentes que declaran una especie de guerra espiritual lanzando sentencias absolutas, como si procedieran directamente del cielo, contra aquellos que están en el error, e incluso se alegran cuando algún mal les acontece, proclamando con total seguridad que es el juicio de Dios. Somos llamados a juzgar los hechos y las palabras a la luz de las Escrituras, pero no las intenciones últimas de estas personas, puesto que este tipo de juicio le pertenece en exclusiva al Todopoderoso. ¿Es normal indignarse cuando escuchamos a aquellos que proclaman herejías y se muestran satisfechos y felices? Por supuesto que es lógico, pero lo uno no quita lo otro.
Algunos no estarán de acuerdo con mis palabras y dirán que todo aquel que enseña una herejía es un hereje. A ellos les diría que entonces tendrán que calificar a muchas de las grandes figuras del cristianismo como herejes: Jerónimo (345-420 d.C.), de quién proviene la traducción de la Biblia al latín (la conocida Vulgata), erró al fomentar el ascetismo. U Orígenes (185-254 d.C.), quien cometió el fallo de querer interpretar toda la Palabra de Dios de forma alegórica (aparte de la locura que cometió al autocastrarse) y de creer en la apocatástasis, es decir, la idea de que finalmente todos los seres humanos (incluyendo a los pecadores) y los ángeles caídos serán salvos tras pasar por el fuego purificador del infierno (que no es eterno, según él). Y por último, Agustín de Hipona (354-430 d.C.), que creía en la virginidad perpetua de María. En ninguno de estos casos podemos afirmar con total y absoluta rotundidad que ellos experimentaron el nuevo nacimiento, pero por la vida que llevaron podemos creer que sí y que amaban a Dios de puro corazón, aun cuando estuvieran equivocados en determinados aspectos.
Por todo lo que hemos visto, pidamos al Señor discernimiento para saber distinguir entre los falsos maestros que son lobos disfrazados de ovejas (aquellos a los que alude Pedro, que hacen mercadería por avaricia bajo el pretexto de la fe y que introducen encubiertamente herejías destructoras) y los hermanos sinceros en sus creencias pero confundidos en parte de su caminar como hijos de Dios.

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[1] Martínez, José M. Hermenéutica Bíblica. Clie.
[2] Dickason , Fred. La posesión demoniaca y el cristiano. Betania.
[3] Martínez, José M. Hermenéutica Bíblica. Clie.
[4] Ibid.
[5] Ryle, J.C. Advertencias a las iglesias. Peregrino.

1 comentario:

  1. En estas últimas semanas he estado leyendo con detenimiento "Herejías por doquier" de Jesús Guerrero Corpas. Tengo el privilegio de conocer al autor por muchos años y puedo decir que aparte de ser un gran escritor, es aún, un mejor amigo.
    Supe del libro incluso antes de que saliera a la luz pública. Tras tener un primer contacto con el índice, debo admitir que me pareció una propuesta muy valiente por su parte.
    He vivido de cerca la ilusión del autor en el proceso editorial y me consta el esfuerzo invertido en esta obra. Esa combinación (ilusión-esfuerzo) han hecho posible que este material esté al alcance de todos. Tras tenerlo en mis manos y leerlo con pausa, me gustaría recomendarlo. Espero que mi amistad con el autor no le reste objetividad al análisis que hago aquí; las razones que presento nacen desde la sinceridad y desde la convicción de que este libro puede hacer mucho bien al cuerpo de Cristo. Recomiendo "Herejías por doquier" por lo siguiente:
    1. Conversa con profundo respeto. Desde el principio hasta el final, el autor mantiene una conversación respetuosa con los proponentes de las enseñanzas que este libro examina. Es inevitable citar los nombres de las personas que abogan por diversas doctrinas ajenas a la Biblia; pero me agrada ver que los temas están abordados desde el respeto y que esa es la tónica general del libro. Me parece algo muy difícil de conseguir, pues, ¿quién no se ha acalorado en un debate o una conversación en la mantenemos posturas diferentes con nuestros contertulios? Escuchar con respeto y con paciencia argumentos contrarios a los que sostenemos y presentarlos con imparcialidad, es algo que debemos anhelar y desarrollar más. El autor hace un delicado y preciso deslinde entre juzgar a la persona y juzgar lo que la persona enseña. Me parece un matiz muy importante. Así se expresa él: "Somos llamados a juzgar los hechos y las palabras a la luz de las Escrituras, pero no las intenciones últimas de estas personas, puesto que este tipo de juicio le pertenece en exclusiva al Todopoderoso" (pág. 14).
    2. Trata de herejías contemporáneas. No necesariamente nuevas, pues, como dijo el predicador: "no hay nada nuevo debajo del sol" (Ecl. 1:9); el estudio de la historia de la iglesia revela que las mismas doctrinas han aparecido bajo distintos nombres en distintas generaciones. Por "herejías contemporáneas" entendemos, más bien, que son doctrinas pertinentes a nuestro tiempo y época. Por tratarse de una evaluación de doctrinas que se han infiltrado con fuerza en el cristianismo de hoy, este libro tiene algo que decir algo al respecto; lo que hace que esta obra sea muy contemporánea.
    3. El compromiso con la verdad. Esta es quizás la recomendación que más destaco. En este libro, tanto la opinión del autor como la de los defensores de las herejías queda supeditada a la Biblia. Ella es la que tiene la última palabra; la Palabra de Dios lo juzga todo y su luz eterna dilucida entre la verdad y el error.
    Espero que nadie vea este libro como un ataque, esa nunca fue la intención del autor. Este libro debe verse como una defensa de la fe cristiana. Pertenece al ámbito de la "apologética" (defender algo) y no de la "epitesética" (atacar algo). Predicar la sana doctrina, enseñar la verdadera fe, nunca debería considerarse como un ataque. Si la enseñanza fiel de la Palabra de Dio resulta amenazante para el cristianismo, entonces eso debería bastarnos para entender como ciertos sectores, tristemente, han abrazado sin discriminación doctrinas extrañas y ajenas a la Biblia.
    Aún así, reza el dicho "que rectificar es de sabios"; es de humildes aceptar el error y cambiarlo. Este libro nos recuerda que la esperanza de la iglesia es la conservación de la sana doctrina hasta que Cristo vuelva. Ya dijo el apóstol Pablo que la iglesia del Dios viviente es columna y baluarte de la verdad (1ª Tim. 3:15).

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